Hablamos de Piranesi, la novela de Susanna Clarke que convierte un laberinto imposible en una inolvidable reflexión sobre la belleza, la memoria y la forma en que decidimos mirar el mundo.
En estos días en que se habla tanto de la adaptación cinematográfica de los Backrooms, conviene recordar que existen otros laberintos menos hostiles, más poéticos… pero igual de absorbentes. Piranesi es uno de ellos. Un mundo al que se entras para perderte. Un lugar que huele a piedra húmeda, a luz que cae desde alturas imposibles, a silencio que te acompaña como un animal doméstico. Clarke construye un espacio que no busca asustarte, busca envolverte. Un lugar donde cada estatua es un pensamiento detenido y cada Sala una emoción que ha decidido quedarse quieta para que la contemples. Aquí no hay lore, niveles infinitos. Solo la belleza serena de un universo que no exige nada y acaba dándotelo todo. Un laberinto que no te persigue, te acuna. Y cuando entras descubres que la Casa no es un misterio que resolver, sino una forma de mirar el mundo con más ternura.
Hay lectores que llegan a Piranesi como el Otro, personaje antagonista de la obra. Quieren comprenderlo todo, cartografiar la Casa, clasificar sus Salas, explicar cada estatua y convertir el misterio en un sistema perfectamente descrito, una Wiki. Son lectores que buscan el conocimiento como una forma de poder. Pero también existe el lector-Piranesi. Ese que entra sin exigir respuestas, que acepta la marea como sube, la luz como cae y las estatuas como observan. Ese lector no necesita dominar la Casa para habitarla. Clarke escribe para él. Por eso el final no da un portazo al misterio, lo transforma. La Casa no quiere ser explicada, busca ser honrada. Pedir una explicación absoluta sería desmontar piedra a piedra el templo para entender cómo se sostiene. Y, al hacerlo, destruir aquello que lo hacía sagrado.
La Casa: un laberinto que no quiere ser explicado
Al acabar el libro quien sale de la Casa no es Matthew Rose Sorensen. Pero tampoco es Piranesi. Clarke consigue algo extraordinario. Crea una identidad nueva, un ser capaz de respirar en dos direcciones sin renunciar a ninguna de ellas. Matthew ya no le pertenece del todo al mundo exterior; Piranesi tampoco puede regresar a la inocencia absoluta de las Salas. Lo que permanece es un hombre que ha sobrevivido a la memoria, al experimento y a la luz infinita de la Casa. Los demás se quebraron, huesos olvidados en galerías silenciosas, mentes consumidas o vidas reducidas a la búsqueda compulsiva del conocimiento. Él, en cambio, integra y recuerda sin desquebrajarse. Conserva el sentidod e la maravilla. Es un palimpsesto vivo, un puente entre dos maneras de existir. Clarke no nos dice cuál será su destino, porque entiende que algunas historias terminan precisamente cuando dejan de necesitarnos para seguir viviendo.
El desenlace es un pequeño milagro de realismo mágico. Piranesi camina por Londres bajo la nieve con la misma mirada con la que recorría las Salas. Ve un anciano y reconoce en él la dignidad de una estatua de la Casa. Le sucede lo mismo con un niño a los pocos metros. Entonces comprendes que la Casa nunca fue un lugar… era una forma de mirar. Esa mirada —capaz de descubrir belleza en cualquier rincón y de tratar el mundo con una ternura casi sagrada— ha sobrevivido al viaje. Londres se convierte en un nuevo laberinto de Salas. La nieve reemplaza a las mareas. Las calles ocupan el lugar de los pasillos infinitos. Y tú entiendes que la Casa no ha desaparecido. Simplemente ha cambiado de dirección. Ahora vive en él. Y, si has aceptado caminar a su lado, también vive un poco en ti.
La memoria como palimpsesto de la identidad
Muchos lectores terminan la novela preguntándose qué es realmente la Casa, cómo funciona o qué clase de realidad representa. Es una reacción comprensible, pero también profundamente reveladora. Hay quien necesita levantar cada piedra, dibujar cada plano y completar la guia «lonely planet» definitiva del lugar, convencido de que comprender equivale a poseer. Sin embargo, esa es precisamente la tentación que la novela contrapone a la mirada de Piranesi. Clarke no escribe un acertijo para ser desmontado, sino un espacio para ser habitado. La ambigüedad del final no es un hueco, es un acto de confianza que te lanza la autora… poniendote a prueba de manera deliberada
No te entrega todas las respuestas porque sabe que, al hacerlo, reduciría la Casa a un mecanismo. Prefiere dejarte una experiencia antes que una explicación. Un recuerdo antes que un manual. Y cuando ya te has acostumbrado a la voz más moderna de las últimas páginas, la autora recupera la magia con una frase que resuena como una bendición: «La Belleza de la Casa es inconmensurable; su bondad, infinita.» Vuelven las mayúsculas. Vuelve la voz ritual., resuena como la Casa, como presencia viva. No para reclamarte, sino para despedirse. O quizá no. Porque cuando cierras el libro comprendes que la Casa ya no pertenece a Susanna Clarke. Ahora también es tuya. Y si todavía no has leído Piranesi, hazte un favor: entra. Hay laberintos de los que uno nunca desea encontrar la salida.
Sobre la edicion de Piranesi
Salamandra, sello de Penguin Libros edita Piranesi en nuestro idioma. Se encuentra en varias ediciones, tapa blanda con solapas, audiolibro, eBook y en breve una version en tapa dura. El que no se aecrca a este mundo es porque no quiere. ¿Mi recomendación? Pues este es un libro destinado a tener en papel, como los darios del propio Piranesi, pero vosotros y vosotras elegís.

Piranesi
Edita: Salamandra
Lanzamiento: 16-09-2021
Autor/es: Susanna Clarke
Traducción: Antonio Padilla Esteban
Formato: Tapa blanda con solapas
Tamaño: 140mm x 221mm
Páginas: 272 pags.
Interior: Blanco y negro
ISBN: 9788418363283
Precio: 21,00€




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