Hablamos del cómic Último sábado de soledad, un pequeño milagro de Jordan Crane que demuestra que ochenta páginas bastan para contener toda una vida, todo un duelo y todo el amor que puede caber entre dos personas.
No todo son novedades. Nos gusta estar al día de los últimos lanzamientos, de los aniversarios que recuperan clásicos imprescindibles, de los grandes eventos editoriales o de esos cruces que ponen patas arriba nuestros universos favoritos. Pero, de vez en cuando, aparece un cómic que nos recuerda por qué empezamos a leer historietas mucho antes de preocuparnos por la actualidad. Una obra pequeña, silenciosa y aparentemente humilde que no necesita artificios para golpearnos donde más duele. Último sábado de soledad, de Jordan Crane, pertenece a esa extraña categoría de tebeos que apenas ocupan espacio en una estantería y, sin embargo, permanecen durante años dentro de quien los lee. Con apenas ochenta páginas, un formato diminuto —10,5 x 16,5 centímetros— y una estructura de solo dos viñetas por página, Crane construye una historia imposible de olvidar. Un relato tan sencillo en apariencia como devastador en el fondo.
La historia gira alrededor de un anciano viudo cuya vida se ha reducido a un único ritual. En una casa donde el silencio pesa más que las paredes, escribe cuidadosamente el nombre de su esposa, Elenore, en una carta manuscrita y emprende el mismo camino hacia el cementerio. Por el trayecto pasa por la floristería, recuerda pequeños momentos compartidos y continúa caminando como si el ruido del mundo hubiera dejado de pertenecerle hace mucho tiempo. Cuando llega a la tumba, deposita la nueva carta junto a todas las anteriores, ya marchitas por el paso del tiempo. Es entonces cuando comprendemos que no estamos viendo una costumbre cualquiera, sino el registro físico de una despedida que lleva años escribiéndose. Hasta que un día el cuerpo ya no resiste más. El corazón falla y el anciano cae sobre la misma tierra donde descansa la mujer a la que nunca dejó de amar.

El duelo convertido en rutina cotidiana
Lo extraordinario es que Jordan Crane jamás necesita exagerar nada para conseguir semejante impacto emocional. Su narrativa funciona precisamente porque elimina todo lo superfluo. Dos viñetas por página obligan al lector a detenerse, a observar, a respirar entre una acción y la siguiente. El pequeño tamaño del tomo convierte la lectura en una experiencia casi íntima, como si estuviéramos hojeando un viejo cuaderno de recuerdos en lugar de un cómic. Aquí no existen grandes discursos sobre el duelo ni escenas diseñadas para arrancar lágrimas de forma fácil. Todo nace de pequeños gestos cotidianos. Escribir un nombre, preparar café para uno solo, comprar flores, caminar por las mismas calles. Crane entiende que la ausencia no suele manifestarse mediante grandes explosiones de dolor, sino a través de esos diminutos huecos que dejan las personas cuando ya no están. Y precisamente por eso cada página pesa tanto como una losa.
Si algo convierte Último sábado de soledad en una obra excepcional es la manera en que transforma elementos cotidianos. El nombre de Elenore deja de ser una simple palabra para convertirse en el último ancla que mantiene unido al anciano con su mundo. Escribirlo una y otra vez no responde a una costumbre mecánica, es una necesidad vital. Mientras pueda seguir trazando esas letras, ella continúa existiendo de alguna manera. Las cartas acumuladas junto a la lápida son un reloj de arena construido con papel y tinta. Cada una representa un día más vivido sin ella y, al mismo tiempo, uno menos para volver a encontrarse. El duelo adquiere una dimensión física. Crane plantea una idea tan sencilla como demoledora: el sufrimiento emocional pesa desgasta y termina dejando cicatrices sobre el propio cuerpo. A veces eso que llamamos «morirse de pena» no sucede en un instante. Puede durar años.

Un formato diminuto para una historia inmensa
Y ahí reside la mayor virtud del cómic. No habla de la muerte. Habla de seguir viviendo después de ella. El anciano no desea morir. Simplemente continúa existiendo alrededor de una ausencia que ha redefinido por completo su manera de entender el tiempo. Se levanta, desayuna, pasea, compra flores y escribe cartas. Vive. Pero toda su existencia gira en torno a un único gesto repetido durante años. Cuando finalmente el infarto detiene su corazón, la escena no transmite la sensación de una tragedia. Todo lo contrario. Se siente como la culminación natural de un camino que comenzó el mismo día en que perdió a Elenore. El hogar vacío y la tumba dejan de ser lugares distintos para convertirse en un único espacio sagrado donde la soledad termina por romperse. El bolígrafo cae. El corazón se detiene. El nombre deja de escribirse porque, por fin, vuelve a pronunciarse cara a cara.
Resulta imposible no establecer ciertos paralelismos con el inolvidable prólogo de Up. No hablamos de una copia, ni mucho menos. La producción de una película de Pixar requiere tantos años que ambas obras convivieron en procesos creativos completamente independientes. Pero sí comparten una sensibilidad muy similar a la hora de retratar el amor, la pérdida y la memoria cotidiana. Si aquellos primeros minutos de la película consiguieron emocionarte, el trabajo de Jordan Crane probablemente vaya todavía un paso más allá. También resulta curiosa la elección del nombre de Elenore, inevitablemente relacionado con la Eleonora de Edgar Allan Poe. En aquel relato, el protagonista promete un amor eterno a la mujer que pierde demasiado pronto. Crane no adapta ese cuento, pero parece dialogar con él desde otra perspectiva. La del hombre que ha cumplido silenciosamente aquella promesa durante toda una vida.

Una de las lecturas más emotivas que ha publicado La Cúpula
Y después está el milagro editorial. Porque hablamos de un cómic que cuesta menos de nueve euros. En una época donde es fácil superar los treinta o cuarenta euros por un tomo, resulta casi increíble encontrar una obra capaz de ofrecer tanto con tan poco. No es una novedad –lleva una decada editada en castellano- explosiva ni necesita serlo. Las buenas historias nunca entienden de fechas de lanzamiento. Entienden de personas. Y pocas veces un puñado de páginas consigue hablar con tanta honestidad sobre el amor, la ausencia, la fidelidad y la memoria. Último sábado de soledad no busca romperte el corazón por placer; busca recordarte que el dolor también puede contener belleza, que recordar a quien ya no está sigue siendo otra forma de amar y que la rutina, cuando nace del afecto más profundo, puede convertirse en el acto de resistencia más hermoso imaginable.
Permíteme terminar esta reseña de una forma poco habitual. Quiero dedicársela a mi padre, que nos dejó hace relativamente poco. Hay personas cuya ausencia nunca deja de doler, pero cuya presencia permanece intacta en todo aquello que somos. Él me enseñó a mirar la vida con curiosidad, con sentido del humor y con un amor inmenso por la cultura, valores que siguen acompañándome cada día. Mientras leía este pequeño cómic no dejé de pensar en él. No porque nuestras historias se parezcan, sino porque Jordan Crane entiende algo que todos acabamos descubriendo tarde o temprano: el amor verdadero no desaparece cuando alguien se marcha. Cambia de lugar. Se instala en la memoria, en los gestos cotidianos, en los nombres que seguimos pronunciando y en los recuerdos que nos convierten, para siempre, en quienes somos. Gracias por todo, papá.

Sobre la edición de Último sábado de soledad
Ediciones La Cúpula edita Último sábado de soledad en un librito de tapa blanda. En el interior papel y reproduccion grafica de maxima calidad.

Último sábado de soledad
Edita: Ediciones La Cúpula
Lanzamiento: 23-07-2016
Autor/es: Jordan Crane
Formato: Tapa blanda.
Tamaño: 165 x 105 mm.
Páginas: 84 pags.
Interior: Color.
ISBN: 978-84-16400-25-6
Precio: 8,50 €



