José Luis Munuera adapta el clásico de Herman Melville en una obra que convierte el silencio, la incomunicación y la resistencia pasiva de Bartleby el escribiente en una poderosa reflexión sobre el individuo frente al sistema.
Hay obras que no envejecen… simplemente cambian de interlocutor. Bartleby, el escribiente, el inolvidable relato de Herman Melville, pertenece a esa extraña categoría de textos capaces de atravesar generaciones y seguir encontrando nuevos significados en cada época. Novela corta, cuento largo o nouvelle, poco importa la etiqueta: sus páginas han provocado ríos de tinta desde su publicación. Ahora, José Luis Munuera recoge este clásico y lo traslada al lenguaje del cómic con una adaptación que entiende perfectamente dónde reside su fuerza. Porque Bartleby el escribiente no es una historia cerrada, sino un espejo concavo donde cada sociedad proyecta sus propios miedos: la alienación laboral, la soledad, la incomunicación o la angustia de un individuo frente a un mundo que exige funcionar sin descanso.
La genialidad de la obra de Melville reside en su capacidad para funcionar como un espejo cambiante. El existencialismo posterior a las guerras mundiales, las lecturas marxistas en épocas de crisis económica o incluso la ansiedad digital del presente han encontrado en Bartleby un reflejo propio. Sin embargo, bajo todas esas interpretaciones permanecen unos conflictos universales que siguen intactos. El choque entre individuo y sistema, la deshumanización de las estructuras laborales, la imposibilidad de comprender al otro y la pregunta sobre los límites de la empatía siguen latiendo con la misma fuerza. Bartleby no es solamente un trabajador que se niega a cumplir órdenes. Es la anomalía del sistema que aparece cuando una persona deja de encajar en un mecanismo construido para que todos funcionen igual.

Cuando decir “preferiría no hacerlo” se convierte en una revolución
Uno de los grandes misterios de Bartleby es precisamente aquello que nunca conocemos de él. No hay explicaciones definitivas, no hay un pasado que justifique sus actos, ni existe una causa sencilla que permita etiquetarlo. Y eso convierte al personaje en una presencia áspera y fascinante. y queda el otro pilar del personaje, aquello que los seres humanos necesitamos comprender pero que no siempre podemos controlar. Munuera recoge perfectamente esa sensación en la relación entre Bartleby y el abogado, el narrador de la historia. Su superior muestra compasión, pero también frustración. Desea ayudarle, aunque nunca queda claro cuánto nace de una preocupación auténtica y cuánto de la necesidad de sentirse una persona justa. Melville y Munuera entienden que ahí está la verdadera tragedia, nunca podremos saberlo del todo.
Otro de los grandes aciertos de Munuera es demostrar su enorme capacidad para adaptar su estilo a las necesidades de cada historia. Un lector familiarizado con su obra sabe que domina como pocos la energía del cartoon franco-belga, esa tradición heredera de autores como Albert Uderzo, visible especialmente en trabajos donde el movimiento, la expresividad y la elasticidad del dibujo son parte esencial del relato, como ocurre en El hombre que podía hacer milagros. Sin embargo, en Bartleby, el escribiente esa energía no desaparece, solo se transforma. Munuera la contiene, la somete a una atmósfera más grave y demuestra que su talento no está limitado a un registro concreto. Aquí no adapta el estilo a la historia, adapta el estilo para revelar el alma de la historia.

Un clásico eterno frente a nuevos tiempos
Visualmente, Munuera convierte Nueva York y los muros de Wall Street en mucho más que un escenario. La arquitectura, los despachos y los enormes ventanales forman una presencia opresiva que acompaña a los personajes y los reduce ante un sistema que parece demasiado grande para ellos. El juego de luces y sombras, el entintado más denso y una paleta alejada de colores brillantes construyen una atmósfera claustrofóbica, casi fúnebre. Frente al movimiento nervioso de la oficina, con compañeros definidos por sus cambios de humor y sus pequeñas contradicciones, Bartleby permanece inmóvil, casi espectral. Su rostro apenas cambia porque no necesita hacerlo. Su silencio se convierte en la herramienta narrativa más poderosa. Munuera dibuja la quietud como otros dibujarían una explosión.
Bartleby, el escribiente es una adaptación que quizá ha pasado demasiado desapercibida y que merece ser reivindicada. Munuera demuestra que trasladar un clásico al cómic no consiste en explicarlo todo, sino en comprender aquello que debe permanecer intacto. La grandeza del personaje está precisamente en su misterio, en ese muro que levanta con una frase aparentemente sencilla: «Preferiría no hacerlo«. Una negativa educada que se convierte en una declaración de independencia, una última parcela de libertad frente a un mundo que pretende decidir por nosotros. Cambian los tiempos, cambian los sistemas y cambian los problemas, pero permanece la misma pregunta: ¿qué ocurre cuando un hombre decide dejar de participar? Esta vez, ante una adaptación así, solo queda decirlo: preferiría sí hacerlo.

Sobre la edición de Bartleby el escribiente
Astiberri edita este Bartleby el escribiente en un volumen de tapa dura. En el interior, papel y reproducción gráfica de máxima calidad. Como extras, un prólogo de Philippe Delerm. Ya en la zona final del tomo, un epílogo amanuense firmado por Álex Romero, algunos bocetos y sketches de Munuera y una breve biografía del genial historietista.

Bartleby, el escribiente
Edita: Astiberri
Lanzamiento: 2021
Autor/es: José Luis Munuera, Sedyas,
Formato: Cartoné
Tamaño: 21,5×28 cm.
Páginas: 80 pags.
Interior: Color
ISBN: 979-13-87927-30-1
Precio: 18,00€



