La vida sigue a putos trompicones cuando estás roto por dentro. Analizamos Este ratón (no) morirá en 100 días, el desgarrador reverso de la moneda de Yuuki Kikuchi sobre el luto y la resiliencia.
Afrontar la lectura de Este ratón (no) morirá en 100 días implica asumir que la maquinaria comercial de la industria tardó más de cuatro años en romper el círculo perfecto que Yuuki Kikuchi cerró en Japón. Si bien la sombra del rebufo financiero planea sobre el papel, mi recomendación es tajante. Hay que devorar ambas obras del tirón para que el impacto emocional te muela a palos las entrañas. Sorprende comprobar cómo el formato yonkoma, esa estructura tradicional de cuatro viñetas rígidas, sigue funcionando a la perfección para atrapar al lector en una red agónica. Kikuchi demuestra una lucidez inesperada al utilizar la aparente ligereza de sus tiras para abrir en canal el letargo de la pérdida. No estamos ante un epílogo perezoso para vender peluches. Esto es ante un artefacto narrativo aspero que decide mirar fijamente al vacío.
El contraste con el tomo predecesor resulta devastador desde la primera página. Si en la entrega anterior nos alimentábamos de la bonhomía de Cocodrilo —ese tipazo que funcionaba como el pegamento invisible que cohesionaba al grupo de amigos—, su desaparición fulminante abre las compuertas a un torrente de abatimiento absoluto. Aunque el título ponga el foco sobre el Ratón, la obra adopta una naturaleza profundamente coral. Esto para retratar cómo la pérdida de un acicate vital paraliza a todo el entorno. Los personajes se encuentran varados en un limbo existencial, carentes de un estímulo externo que les ordene moverse o tomar decisiones. La rutina ya no se celebra como el tesoro mundano de los fideos con amigos. Ahora es un paisaje desértico donde cada uno procesa la desgana como buenamente puede.

El crepúsculo continuo y el dolor que atraviesa la página
Es precisamente en este punto donde la obra comparte el mismo kernel temático con la apabullante Sabrina de Nick Drnaso. Si bien utilizan compilaciones y envoltorios diferentes. La cotidianidad se transforma en un refugio y, al mismo tiempo, en una puta cárcel que te recuerda constantemente las reverberaciones de tiempos mejores. La vida ha pulsado el botón de pausa y todos permanecen estáticos. Incapaces de asimilar que el mundo exterior no se va a detener a esperar que terminen su duelo. Querer salir adelante es una declaración de intenciones muy fácil de firmar, pero llevarlo a cabo es una tarea jodidamente dolorosa. La maquinaria del grupo continúa funcionando, pero lo hace a trompicones.
A puros y sangrientos trompicones. Arrastrando los pies por el asfalto mientras se adaptan a la dolorosa ausencia de la pieza maestra. Si Sabrina de Nick Drnaso convierte la cotidianidad en una habitación cerrada donde el duelo, la ansiedad y la incomunicación se reproducen sin necesidad de grandes acontecimientos, este manga sería algo así como Sabrina pasada por filtro Kawaii. La diferencia es que aquí los animales sonríen, comen fideos, van a trabajar. Mantienen conversaciones aparentemente anodinas mientras el vacío se instala poco a poco entre viñeta y viñeta. La fábula ha terminado y nadie parece haber recibido el email donde dicede que toca volver a vivir.

El reverso amargo de la bonhomía y un grupo descabezado
Y quizá ahí reside la mayor puñalada de Kikuchi. No necesita convertir a sus personajes en filósofos de taberna ni llenar las páginas de monólogos sobre la muerte. Basta con observar qué ocurre cuando alguien que daba sentido a la rutina desaparece de ella. Los amigos siguen quedando, siguen trabajando, siguen comiendo y siguen intentando hacer cosas normales. Pero todo aquello que antes era normal ha adquirido una textura extraña. Es una historia de animales que, de repente, entiende perfectamente cómo funciona el duelo humano. Gráficamente el autor mantiene su estilo característico, pero introduce una mutación cromática excelente que delata que el momento histórico ha cambiado por completo.
Hemos pasado de los preciosos cerezos en flor (sakura) que enmarcaron la tragedia final de Cocodrilo a un crepúsculo continuo, una paleta apagada que asfixia el entorno y utiliza el blanco y negro cortante para los flashbacks. El dolor es tan real que atraviesa la página y te contagia la herida. Lo vemos cuando Cocodrila se debate en el trabajo entre avanzar o soportar a un compañero plasta que todos deseamos que desaparezca. Kikuchi maneja el tempo de la melancolía con un pulso firme. Demuestra que el trazo simple nunca se queda corto si la mirada del dibujante es lo suficientemente sucia y honesta para plasmar el malestar.

No te fuerces a no olvidar el pasado, el duro veredicto final
La introducción de sangre nueva en el grupo llega a través de un padre y un hijo que actúan como perfectos catalizadores exógenos de la resiliencia. El crío funciona como un emotivo émulo de Cocodrilo, una representación ciega de que la vida continúa y que los personajes, sumidos en su depresión endógena, son incapaces de registrar por sí mismos. En el ecuador del tomo, coincidiendo con la tira de los 58 días para no morir titulada «todos nos comemos el coco«, el autor nos regala un fresco desolador que retrata la tristeza colectiva en su estado más puro. Como si de una versión zoológica de Parque Jurásico se tratase, la obra nos recuerda sin paños calientes que la existencia siempre encuentra una rendija para abrirse paso, aunque los supervivientes miren el horizonte con recelo.
Pero la sentencia definitiva de la obra llega a cinco días de la no muerte con una frase que condensa todo el diagnóstico: «no te fuerces a olvidar el pasado». Al final, como cantaban los Beatles, se trata de ir tirando with a little help from my friends, asumiendo que el coche seguirá rodando aunque esté roto, jodido y le falte un componente vital y a veces se cale. No estamos ante un cómic tan brillante ni emotivo como el primero debido a su naturaleza inherentemente amarga, pero se establece como una cara B y un complemento de lujo imprescindible. Los valientes de Fandogamia Editorial se han ganado nuestro respeto eterno por traer esta joya a nuestras estanterías. Leedlo con calma, porque el eco de esta terrible tragedia os dejará una marca imborrable

Sobre la edicion de Este ratón (no) morirá en 100 días
Fandogamia edita este Este ratón (no) morirá en 100 días en un volumen de tapa blanda con solapas y sobrecubiertas a un precio que es un regalito. En el interior, papel y reproducción gráfica de máxima calidad.

ESTE RATÓN (NO) MORIRÁ EN 100 DÍAS
Edita: Fandogamia
Autor/es: Yuuki Kikuchi
Formato: Tapa blanda con solapas y sobrecubierta
Tamaño: 210 x 148 mm.
Páginas: 160 pags.
Interior: Color.
ISBN: 978-84-10126-55-8
Precio: 12,00€



