Hablamos de El infierno de Poppy, una obra de terror, identidad y crítica al sistema con una estética tan bella como perturbadora.
Dibbuks me ofreció sus últimas novedades, cuatro títulos, tres despertaron interés inmediato, el cuarto, El infierno de Poppy, me hizo fruncir el ceño. ¿Poppy? El nombre me sonaba más a personaje de FNAF que a figura cultural. Pensé en dejarlo pasar, pero divulgar también es desactivar prejuicios, así que le di una oportunidad. No sabía nada de la autora, no tenía referencias previas, ni siquiera un marco desde el que aproximarme. Y, precisamente por eso, me esforcé más. A veces funciona así, cuanto más te incomoda una obra, más hay que mirarla de cerca. Y lo que encontré no fue lo que esperaba. En lugar de un producto adolescente hueco, me vi arrastrado a un relato incómodo, surreal y mucho más complejo de lo que sugería su fachada. Salí de mi zona de confort. Y en esa incomodidad empezó el verdadero interés.
Poppy no es una cantante, o no solo. Es una figura difícil de encasillar, sus vídeos de YouTube no explican nada, pero incomodan. Repiten frases, exploran el silencio, retuercen el ASMR y hacen del sonido algo inquietante. Recuerdan a David Lynch y a Don’t Hug Me I’m Scared. También a una inteligencia artificial que intenta ser humana, sin terminar de conseguirlo. Viéndolos, empecé a entender que su universo no funciona con lógica tradicional. Poppy no busca gustar, busca descolocar y lo consigue. Luego vino la música: synthpop, metal, canciones dulces con letras violentas y ahora, el cómic. Cada paso ampliaba su universo. No es un salto extraño, es coherencia y no lo ha hecho sola: se ha rodeado de un equipo capaz de traducir ese discurso a otro lenguaje. Lo que empezó como curiosidad se convirtió en respeto y eso que parecía una rareza en algo digno de ser reseñado.

Más allá del fanservice: una pesadilla con ritmo pop
El infierno de Poppy cuenta el descenso de una estrella hacia algo que no es exactamente la muerte, pero tampoco la vida. Una caída sin freno por un mundo que parece diseñado para romperla desde dentro. Es una historia de fama, de explotación, de fragmentación, pero también de identidad, de resistencia y de transformación. Lo que vive la protagonista recuerda a lo que muchas artistas han contado en entrevistas, también a lo que la propia Poppy ha sufrido. Por eso el terror funciona aquí como una capa simbólica y no como un efecto. La historia es directa, a veces críptica, pero siempre emocional. El discurso sobre la industria musical está presente, pero no panfletariamente, es subtexto. Y a pesar de que hay mucho fanservice, la obra funciona también como pieza autónoma. Asusta, perturba y atrapa, es una lectura que ni deja indiferente ni pretende hacerlo.
Los nombres que firman este cómic no están ahí por casualidad. Ryan Cady al guion aporta estructura y equilibrio. Zoe Thorogood, con su trazo expresivo y detallado, dibuja lo real, lo emocional, lo tangible y Amilcar Pinna se encarga de lo otro: lo roto, lo mental, lo simbólico. Esa dualidad visual construye la identidad fragmentada de la protagonista. Aladdin Collar aporta con su color capas, matices y fuerza, Justin Birch remata con una rotulación precisa, integrada. No hay una sola página que no tenga algo que mirar con detalle. Hay angustia, y también belleza y todo está al servicio del discurso. Aunque no sepas quién es Poppy, aunque no entiendas todas las referencias, el cómic se sostiene por la fuerza de su narrativa visual. Porque se ha construido bien, con criterio y con artistas que entienden el medio. Y eso marca la diferencia.

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La crítica como salto al vacío… leer, investigar, incomodarse y divulgar con honestidad
Poppy editó un disco de acompañamiento para este cómic. Music To Scream To. Diez pistas de ruido, gritos, distorsión y ambiente industrial. No hay melodía ni hay letra, solo atmósfera, algunas pistas duran casi diez minutos. Como aquel vídeo suyo en bucle diciendo “I’m Poppy” durante el mismo tiempo. Escucharlo mientras lees el cómic convierte la experiencia en algo distinto, no es solo lectura, es inmersión total. El sonido incomoda, te arrastra, te obliga a leer con otra disposición y es una ampliación narrativa, una pieza más del discurso. No viene incluida en la edición española, pero está en YouTube, de forma legal. Y si se escucha durante la lectura, todo cobra más sentido. Porque aquí nada es decorativo: ni la música, ni el dibujo, ni el guion. Es una obra transmedia y como tal, hay que vivirla y experimentarla. Poppy no crea productos, genera experiencias.
Este cómic me recordó algo importante: que la crítica no puede basarse solo en la superficie. Que el dosier de prensa no basta, que hay que investigar, mirar, escuchar y descubrir. Poppy es una figura que muchos descartarían sin mirar, porque viene de YouTube o porque suena a producto. Pero detrás hay una artista que ha construido un universo con coherencia, intención y riesgo. La brecha digital no debería ser un muro… pero a veces lo es, aunque no tiene por qué. Quizás El infierno de Poppy no sea el cómic de mi vida y mi falta de trasfondo de la artista me haga perder matices, pero es honesto, está bien hecho, funciona y me ha llevado a descubrir a alguien que no conocía. Eso ya es suficiente, porque divulgar no es tener la razón, es mirar sin miedo y contarlo. Con respeto, con criterio y con el deseo de que otro también mire.

Sobre la edición de El infierno de Poppy
Dibbuks edita El infierno de Poppy en un volumen de tapa blanda con solapas. En el interior, papel y reproducción gráfica de máxima calidad. No contiene extras, no obstante a los que compréis el cómic os invito a escuchar las pistas sonoras –gratis y de manera legal en YouTube– que se editaron en la edición USA.

El infierno de Poppy
Edita: Dibbuks
Lanzamiento: Febrero 2025
Editorial original: Z2 Comics
Contiene: Poppy’s Inferno
Traducción: Marta Sevilla
Autor/es: Poppy, Ryan Cady, Zoe Thorogood, Amilcar Pinna, Aladdin Collar, Justin Birch
Formato: Tapa blanda
Tamaño: 240 x 170 mm.
Páginas: 152 pags.
Interior: Color
ISBN: 978-84-18266-32-4
Precio: 24,00€



