Hablamos de Bruma, una experiencia de ciencia ficción y horror atmosférico que transforma la incertidumbre en arte secuencial y demuestra hasta dónde puede llegar el cómic cuando decide abandonar cualquier camino convencional.
Hay obras destinadas a ser experimentadas más que leídas. Y Bruma pertenece a esa estirpe rara de artefactos narrativos que no buscan la comprensión inmediata sino la inmersión sensorial. Desde sus primeras páginas —un estallido de formas y colores que parecen improvisados y no lo son— el libro establece un pacto silencioso con el lector. La bruma no es solo un fenómeno atmosférico misterioso, es un además estado mental –para el lector y los personajes– y una textura emocional que impregna cada viñeta del tomo. López Lam construye un espacio donde lo visible y lo invisible se amalgaman. Uno donde la percepción es siempre parcial y donde el mundo parece estar a punto de desmoronarse o de revelarse. Una ambigüedad maravillosamente calculada.
Y es que Bruma no es un cómic para leer y olvidar. No te ofrece consuelo ni respuestas rápidas. No busques aquí la gratificación inmediata de la narrativa convencional. Es una obra que anida, que fermenta, que se queda en la cabeza como un eco persistente. Su epílogo —un collage psicodélico acompañado de textos mecanografiados— no solo recontextualiza lo leído. Te obliga a releerlo. Y aun así… no cierra nada, no explica del todo ni ahonda más de lo necesario. Ese “trile” —mostrar, sugerir, negar— es una jugada maestra de del autor. Bruma es un cómic disfrazado de vanguardia, o una pieza de vanguardia disfrazada de cómic, ambas visiones son válidas, la verdad. En cualquier caso, es una obra que exige atención y devuelve desasosiego sin destilar.

Mundos cubiertos por la niebla de la incertidumbre
La obra se articula como una sucesión de setpieces que no buscan continuidad explícita. Tras el prólogo cromático, asistimos a una búsqueda desesperada de un niño perdido en un paisaje enfermo con fiebre, bruma, cuerpos que caen sin explicación. Luego, un corte abrupto, una noticia sobre la desconexión de las colonias marcianas. Después, el núcleo del libro. Tres niños confinados en una nave industrial, vigilados por hombres con trajes NBQ. La rutina, el encierro, los intentos de fuga, el retorno inevitable. Y un día, los vigilantes desaparecen. ¿Han muerto? ¿Han huido? ¿Qué ha ocurrido? La obra no lo dice… ni necesita decirlo. La fragmentación como forma natural de un mundo roto y una estrategia narrativa brillante.
La gran genialidad de Bruma reside en su fidelidad al punto de vista infantil. El lector no sabe a partir de cierpo punto más que los niños. No hay información privilegiada, ni explicaciones externas, ni notas al margen que aclaren lo que ocurre. Al menos hasta el epílogo. La ignorancia no es un obstáculo es el método narrativo del autor para situar la historia. Los niños avanzan entre ruinas, visiones, entidades de contornos animales o humanoides sin comprender del todo lo que ven. Y el lector avanza con ellos, atrapado en la misma penumbra cognitiva. Esta elección convierte Bruma en un interesantísimo ejercicio de percepción pura, donde la incertidumbre es la única certeza posible.

Ciencia ficción que prefiere sugerir (y hacerte pensar) antes que explicar
El desastre que ha devastado el mundo no tiene nombre. Hay un gas que muta, una fiebre que mata, una enfermedad llamada “la fiebre de los perros”. Pero nada se explica del todo. No sabemos si estamos en la Tierra o en Marte. Tampoco sabemos si la bruma es tóxica, simbiótica o espiritual. Mucho menos sabemos si las visiones son alucinaciones o contactos reales. Y, sin embargo, todo es patente. Martín López Lam entiende que el horror más eficaz es el que no se define. Una estrategía narrativa tan antigua como todavía efectiva. La bruma es física, sí, pero también es una sensación lectora. Una capa de incertidumbre que se adhiere a la piel y te acompaña toda la lectura del tomo.
El salto del blanco y negro al collage psicodélico del epílogo es uno de los momentos más audaces del cómic. Aquí aparece el doble Kubrick. El formal y conceptual. Como el viaje a la puerta de las estrellas de Bowman en 2001, el lector atraviesa un túnel de color, textura y ruido visual que no explica nada y sin embargo lo cambia absolutamente todo. Es una revelación caótica, fragmentada pero que te golpea y te hace replantear lo que acabas de ver. El mundo se abre pero no se ordena por arte de magia. Ese es trabajo del lector. Y el collage… mas que un capricho del autor es la forma visual de mostrar lo incomprensible. Es el lenguaje de aquello que está más allá de la percepción infantil o humana.

Bruma, o la belleza de no entenderlo todo
El epílogo es un archivo imposible. Informes sobre terraformación suave, EAAS autoreplicantes, hongos marcianos, protocolos fallidos, apagones, desconexiones deliberadas, drogas para soportar la vida en Marte. Todo presentado como documentos desclasificados pegados sobre murales de color. Pero sin certezas. La desconexion entre Marte y la Tierra es la misma es la misma que la del lector y el propio cómic. Son datos sin interpretación ni contexto, carentes de comprensión plena. Ruido institucional que nos suena, por desgracia, familiar. La Tierra sospecha de Marte y Marte sospecha de la Tierra. Las EAAS parecen haber formado alianzas con entidades incomprensibles. Y la desconexión se presenta como un intento de aislar un mal mayor.
Pero nada se confirma ni se cierra.¿Son los niños humanos? ¿Son EAAS? ¿Son híbridos? ¿Están en Marte? ¿Están en la Tierra? ¿Qué es la fiebre? ¿Y la bruma? ¿Qué quieren las entidades? La obra insinúa sin afirmar de manera clara. Sugiere sin determinar de un modo categórico nada al lector. Y esa ambigüedad no es un truco para epatar sin más. Es la columna vertebral sobre la que se sostiene la obra. Bruma no busca respuestas, quiere reverberacion en la cabeza de quien se acerque a la obra. Cada lector construirá su propia teoría, y todas serán válidas porque ninguna puede ser definitiva. Bruma no se deja poseer del todo ni en una segunda o tercera lectura. Pero en cada una descubrirás matices nuevos.

Martín López Lam y los límites del lenguaje del cómic
Estamos ante un cruce imposible entre Mecanoscrito del segundo origen, El señor de las moscas, la ciencia ficción del genial Tarkovski, Spielberg en su tratamiento de la infancia y el sentido de la maravilla, y el Kubrick más rupturista. Pero no como simples citas u homenajes facilones, sino como ecos formales perfectamente asimilados. La infancia ante el fin del mundo, la turbidez constante, la espiritualidad como respuesta inmediata a lo incomprensible. La presencia inexplicable de la ciencia ficción –como en Solaris o Stalker o 2001– que no explica por completo… pero también la mirada infantil ante lo extraordinario. Martín López Lam rima con todos ellos sin imitarlos, construyendo una obra que parece surgir de una alquimia imposible del género.
Fanzinero, serígrafo, narrador, artista de gran formato, historietista contemporáneo. Bruma es la síntesis de todas sus facetas. El trazo tosco y expresivo del inicio, la narrativa contenida del núcleo, la explosión final de collage, aquí todo encaja, todo respira y muta… o evoluciona. Nada es gratuito ni improvisado dentro de este maravilloso y aparente caos narrativo. El autor firma aquí un tour de force que demuestra hasta dónde puede llegar el cómic cuando se atreve a romper sus límites sin perder su esencia pero ignorando su forma habitual. No es extraño que Bruma haya sido elegido (merecidamente) entre los mejores cómics de 2025. Estamos una obra que no se parece a ninguna otra, y que seguirá creciendo en la memoria del lector mucho después de haberla cerrado.

Sobre la edición de Bruma
Aristas Martínez publica Bruma en un volumen de tapa blanda con solapas. En el interior, papel y reproducción gráfica de máxima calidad.

Bruma
Edita: Aristas Martínez
Lanzamiento: 10-09-2025
Autor: Martín López Lam
Formato: Tapa blanda con solapas
Tamaño: 17 x 23 cm.
Páginas: 208 pags
Interior: Blanco y negro y color
ISBN: 978-84-19550-28-6
Precio: 23,50 €



